Jazzkaar 2009 Imprimir Correo electrónico
Como una miniatura dentro de una bola de cristal, Tallin espera a que alguien la agite para ver caer los copos de nieve por sus calles y edificios de ensueño. Los turistas acuden en crucero y en avión de fin de semana y hay quien llega para admirar la belleza translúcida de las lugareñas o beberse una botella de Vana, el licor preferido de Napoleón, que se fabrica en estas tierras.

 
Soñando el jazz
Algunos vienen movidos por el deseo de escuchar jazz, o de escribir sobre jazz, hasta es posible que yo esté aquí para escuchar a Paquito D´Rivera, cosas más raras se han visto. Ironías del destino, el clarinetista que dejó Cuba por no querer vivir el socialismo o muerte, se las vio en un escenario presidido por la hoz y el martillo en dorado sobre fondo blanco, de cuando los soviéticos imponían su ley por estos pagos. D’Rivera, la hoz y el martillo y su bajista-fenómeno de 18 años de edad, Zach Brown, más los hermanos Rodríguez, Robert y Michael, al piano y la trompeta, respectivamente. Una primera parte dedicada a Dizzy Gillespie quién sabe si para acallar los rumores desatados tras sus recientes declaraciones no muy amistosas en torno a su antiguo empleador, y el habitual repaso por los ritmos brasileños y cubanos, más los primeros que los segundos. Hubo fuegos de artificio, lanzamiento de confeti y reparto de golosinas entre los asistentes. Y los estonios, a los que estas cosas les suenan altamente exóticas, tan felices. No se echaron a bailar porque ni había sitio ni sabían cómo hacerlo.
 
Misma ciudad, mismo escenario: Andy Emler y su Megaoctet –“no soy un jazzman, soy un aventurero de la improvisación”-. El pianista se rige por el principio ellingtoniano de todos iguales, todos diferentes. Su orquesta es un acopio de rara avis que nadie salvo él se hubiera atrevido a juntar. En su música hay mucho de otros -ecos del viejo/nuevo jazz europeo, de Frank Zappa…- y mucho de propio; mucho que ha sido escrito y mucho que es creado a ojos/oídos vista del espectador. Emler nos seduce mientras recuerda que el jazz también sabe reírse de sí mismo. Luego, hay quien se lo toma tan en serio que llega a asustar. Marilyn Mazur, por ejemplo. O quizá fuera el marco porque escuchar jazz en una Iglesia constituye una contradictio in terminis que no se explica ni por el lado de la acústica ni por el del sentimiento religioso que uno se ve obligado a respetar. Y aunque sea en la imponente Iglesia Evangélica Luterana de Kaarli, con unas 1.500 localidades de aforo y ese sol de por aquí que parece pedir perdón por lucir colándose a través de los ventanales. La danesa toca la percusión como lo haría una percusionista que grabara para el sello ECM y estuviera acompañada por un grupo de músicos del sello (John Taylor) y por una joven cantora, Josefine Cronholm, a la que adornan sin duda las mayores cualidades de las que, personalmente, no encontré rastro alguno. Un tostón.
 
Como suele ocurrir, lo mejor estaba en casa, en los conciertos de la pequeña  sala del Centro Cultural Ruso. Jaak Sooäär, la tradición nórdica de la guitarra eléctrica on the rocks (Terje Rypdal) y la voz y el kannel (1) de Tuule Kann, que son como nuestra Brigada Bravo & Díaz, en estonio. O Paabel, con la guapa Sandra Sillamaa cantando y tocando la gaita, instrumento que, por alguna razón inexplicable les da por tocar en estas tierras con verdadera fruición. Paabel son jóvenes y tienen éxito entre los suyos, se entiende. A uno se los vendieron como los Pogues estonios; a lo más, podría hablarse de una versión descocada de los franceses Gwendal.
 
Para Rütmiallikal se reservó el escenario madre del CCR. El espectáculo así llamado incluye un DJ (P. Julm), un baterista (Tanel Ruben) y un saxofonista (Siim Aimla) además de un coro de ocho cantantes-gaiteras y una pantalla de vídeo donde se proyectaron imágenes de sabor autóctono y psicodélico. Ruben, quien parece ser el padre del invento, saca los ritmos del folclore local a swingar y es una cosa entre el acid jazz y  Roland Kirk de su última época delirante o como Rufus Harley tocando la gaita con Sonny Rollins (The Cutting Edge, Montreux 1974). Toscos y contundentes, pero hay que entender que la mayoría está aquí por amor al arte. Es gente del pueblo y tienen mucho mérito.
 
Es curioso que el que estaba previsto fuera el concierto estrella del festival terminó por ser el concierto estrella del festival. Esa Jazzkaar Dream Band que reunió a dos jazzistas de relumbrón norteamericanos con tres más que dignos representantes del jazz local. Los primeros: Ray Anderson -encorvado y muy delgado, la imagen de James Stewart tocando el trombón en The Glenn Miller Story- y Will Cahoun, el baterista de Living Colour que este año fue el “artist in residence” del Jazzkaar. Su solo -un homenaje psicodélico a Mr hi-hat Max Roach- señaló el momento álgido de la noche. Por el lado estonio, los muy aplicados Jaak Sooäär a la guitarra -pese a su muy discutible solo con “wah wah” en Afroblue-; Raivo Tafenau, al saxo; y Taavo Remmel, al contrabajo. La Jazzkaar Dream Band resultó ser un conjunto lo suficientemente abigarrado, heterogéneo y falto de ensayos como para producir una música compacta, fiable e inspirada, amén de incuestionablemente jazzística.
 
Esto, por lo que toca a la parte oficial del programa: la otra, tuvo como escenario el club Clazz, conocido emporio jazzístico de la ciudad, y como protagonistas a los propios Calhoun y Zach Brown que, noche sí, noche también, se dejaron ver y escuchar por el lugar; y con ellos el histriónico Médéric Collignon (de la banda de Andy Emler), Villu Veski (saxofonista, considerado el nuevo fenómeno del jazz estonio) y Neff Irizarry, guitarrista puertorriqueño residente en Helsinki, por improbable que parezca. Un buen tipo y un mejor músico.
 
En Clazz uno puede encontrarse con gentes y aficionados llegados de cualquier parte del mundo, incluso de las islas Canarias, y hasta es posible que sea besado al estilo noruego por Maria Faust, saxofonista y compositora en cuyo último espectáculo se mezclan Mingus y el free jazz y las bicicletas de carreras. Por desgracia, yo no estaba todavía aquí para verlo/escucharlo.
Nota de color: si uno está disfrutando del jazz en lugar semejante y pretende echarse un cigarrito, puesto que está obligado a hacerlo outside, se le facilita una manta para no morir por congelación.  Dígame el lector si estas gentes son o no organizadas.
 
(1) Intrumento tradicional de cuerda pulsada emparentado con el kantele finés, el gusli ruso, el kokle letón, el kanklės lituano y, más lejanamente, con el koto japonés y el gu zheng chino.
Texto y foto: Chema García Martínez
© Cuadernos de Jazz, 2009