| 33 Festival de Jazz de Vitoria |
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Vitoria-Gasteiz, 12 al 18 de julio de 2009 Parece más que comprobado, dada la cuantía de las citas, que no su eficacia, que organizar un festival de jazz está al alcance de casi cualquiera. A pesar de la necesaria buena actuación de una organización, ejemplos hay de festivales muy especiales que no lo serían sin las personas que programan y administran con la identidad propia que exigimos a un buen músico.Es el caso del festival de jazz de Vitoria: su organización se puede llenar de orgullo al ver que en plena crisis del sector el público ha refrendado con su asistencia lo que los músicos afirman de palabra: Pat Metheny, “estoy en uno de los mejores festivales de jazz del mundo”; o de obra con la composición de la Vitoria Suite que Wynton Marsalis dedica a esta ciudad y que se debe sin duda a los esfuerzos de Iñaki Añua porque esto se plasmase. Y eso que este año no llegábamos a Gasteiz con la esperanza de descubrir nada nuevo, más bien para recordar antiguos proyectos musicales, revisiones y tributos en época de homenajes, y también, por qué no, auto-homenajes. La ausencia de última hora de Lee Konitz menguó y mucho el interés por el concierto que tendría que revisar aquel disco a trío -Alone Together, del año 1996-, con Charlie Haden y Brad Mehldau. El comienzo fue esperanzador con un Haden muy por encima, supervisando y espoleando a Mehldau. Por su parte Jordi Rossi pudoroso escogió un discurso minimalista que daba incluso más oxígeno a temas libres, aún sin la presencia de Konitz, como el Wahoo de Tadd Dameron. Con Cry Me a River la conversación entre los músicos pivotó hacia terrenos menos abiertos y más líricos al gusto de Mehldau. Entre lo más disfrutado, el dúo Haden-Rossi en el que el baterista catalán silueteó a la perfección la melodía de How about You que Haden dibujaba a carboncillo. Más homenajes. En el aniversario de Kind of Blue reinterpretación de la sesión a cargo de una banda liderada por el único superviviente de la grabación, el baterista Jimmy Cobb. Repaso de los temas a modo de jam, en el mismo orden que fueron grabados en su día, aunque ni mucho menos la intención fuese la de fusilar el mito. Y si bien Javon Jackson emulaba a Coltrane, y Wallace Roney simulaba un Miles en horas bajas, por su parte Larry Willis se alejaba de Bil Evans mostrándose percusivo y embargado de ritmo; y el mismo Cobb, animado a sus ¡80 años!, difería de las sutilezas del proyecto original. Otro recuerdo, el del disco a dúo de Charlie Haden con Pat Metheny Beyond the Missouri Sky, se hizo carne en el reencuentro de los dos músicos, quienes ya habían acudido al festival (permítanme este otro recuerdo) en compañía del desparecido, ¡ay!, Billy Higgins. Posteriormente el piano de Diego Amador, metido en el berenjenal limonero de la fusión pianística del jazz y el flamenco. Tan sólo la incorporación del bajo de Javier Colina, el mejor alumno del mismísimo Haden, con un sonido que lo abarca todo, salvó la posterior jam con Metheny, Kepa Junkera, y todo aquel que se quiso subir al escenario; el propio Charlie Haden dio opinión cuando paso junto al escenario tapándose los oídos.Otro homenaje, éste al bajo eléctrico y a cargo de SMV, o lo que es igual Stantey Clarke, Marcus Miller y Victor Wooten. Los tres aparecieron en escena para representar su particular circo de bajistas, frente a un público vendido a los trastes de un bajo eléctrico. Y a pesar de que las notas gordas de éstos rebotaban por los amplios espacios de Mendizorroza, todavía hubo tiempo para cierto regusto musical cuando el propio Marcus Miller se volvió Miles en la interpretación con el clarinete bajo de Tutu, tema que Miller regalara al trompetista. El quinteto de Stefano Di Batista fue el perjudicado con el cambio de orden de las actuaciones frente a un público que ya se recogía. Tan sólo pudo mostrar un poco de su mucho potencial.Solventando en primera persona los problemas técnicos de sonido Madeleine Peyroux, mezcla de Billie Holiday y Edith Piaf, homenajeó a su modo a Lady Day con su peculiar timbre, su magnífico sentido del tempo, aunque con poco arte para cantar letras, es decir, contar historias. Todo lo contrario que Dee Dee Bridgewater, quien “representó” su papel sin tratar de imitar. Su énfasis en las maravillosas letras de la cantante homenajeada la prueban como una intensa actriz que de seguro hubiese sido mejor que Diana Ross en la biografía filmada. A su lado el saxo tenor y soprano de James Carter alternaba el nervio con la voz.Allen Toussaint, desplegó su repertorio pianístico en unos bellos temas propios aunque un tanto descafeinados. Y por fin la presentación de la Suite Vitoria “2.0”, arreglada con renovada ambición por Wynton Marsalis. Sonaban tremendos los temas Iñaki’s Decision o Jason and Jasone y con la valiosa incorporación de Chano Domínguez en temas como Bulería el Portalón, en el que el bailaor Tomasito se abrazaba al tap-dancer Pared Grimes tras una jovial exhibición de cómo se puede bailar jazz de modos tan espectacularmente dispares. Anunciada quedaba la grabación dos días después del festival y con la participación de Paco de Lucía en alguna pista. En breve dispondremos del disco.Este año el Jazz del Siglo XXI no ha dado opción a lo que debería ser, un espacio para nuevas voces en el jazz, y no me refiero a gente joven sino a jóvenes propuestas, algo que falta en el escenario del teatro Principal. Encantadora la voz de Lyambiko, previsible la guitarra de Lionel Loueke, pesado el discurso Pastorious del naciente bajista de la formación de John McLaughlin, Hadrien Féraud. Tan solo la presencia española rescató del tedio esta sección tan interesante otros años. La improvisada colaboración de Gonzalo Tejada y su Konexioa, este año con la estupenda trompetista canadiense Ingrid Jensen. Pero sobre todo la sugerente puesta en escena, video incluido, de Llibert Fortuny y su asombroso Triphasic cargado de humor, buena falta nos hace, que conseguía cambiar el tono de todo el festival con algo de riesgo y la sensación de búsqueda de nuevos derroteros que explorar.Texto: Alejandro Cifuentes
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Parece más que comprobado, dada la cuantía de las citas, que no su eficacia, que organizar un festival de jazz está al alcance de casi cualquiera. A pesar de la necesaria buena actuación de una organización, ejemplos hay de festivales muy especiales que no lo serían sin las personas que programan y administran con la identidad propia que exigimos a un buen músico.




