| Estamos como queremos |
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Por Chema García Martínez Dice el periódico: "...tras un estudio pormenorizado de la letra pequeña (más bien, del número pequeño), el cine sube y el arte baja". Se refiere el escribiente a los Presupuestos Generales del Estado propuestos por el Ministerio de Cultura y en el que hay vencedores (los del cine) y vencidos (el resto).
Más datos: el Fondo Nacional de la Cinematografía, del que salen las ayudas y subvenciones para los proyectos audiovisuales, no sólo no ve recortado su presupuesto para 2010 sino que aumenta en algo más de un millón de euros (hasta 89,3 millones) mientras que la cantidad asignada a los museos y a las artes plásticas en general, desciende en cifra considerable. Directores de museos y galeristas protestan y se habla de “agravios comparativos": "...el recorte se va a traducir en un adelgazamiento dramático de las exposiciones", explica al periodista el director de una institución madrileña. Pobrecito.Los del jazz podríamos decirle algunas cosas al respecto aunque sólo fuera porque el “adelgazamiento”, en el jazz, lo llevamos disfrutando desde que Moisés se subió al monte para tener una charlita con su jefe. Nada de esta situación nos cae de nuevas, salvo que este año va a haber todavía menos dinero público (el poco que llega de algunas instituciones y gobiernos locales) y para el que viene todavía menos, y las marcas cerveceras encargadas de proveer nuestra felicidad espiritual y material van a hacer la espantá, si no lo han hecho ya. Los directores de los festivales anuncian un drástico recorte de presupuestos y, en consecuencia, de programaciones. Las discográficas, ni se diga. Pero esto, a la nueva ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, mujer de cine, como que no la importa. Ella, a lo/s suyo/s. Volviendo al artículo de marras: "...el arte es una actividad económica, pero no se considera una industria, al contrario que el cine. Y eso es un error. Hay mucha gente empleada también en este sector "(refiriéndose a las artes plásticas). Hace tiempo que aquellas diatribas de antaño -el cine arte o industria- han quedado superadas en aras de una realidad que se impone sin derecho a réplica. El cine es una industria como lo es el museo de la baronesa sito en el Paseo del Prado de Madrid o un concierto de Diana Krall a 60 euros la butaca. Así serán los festivales de este año: menos conciertos, más Diana Krall. El que paga manda, y el que manda es el patrocinador y el espectador que, ejerciendo su derecho como tal, acude a lo que le da la gana. Y mientras todo esto ocurre, González-Sinde mira para otro lado. Su misión de gobernanta consiste en repartir nuestro dinero como se le da a entender: "...una vez más se perjudica a los que menos poder y presencia tienen para quejarse". Todo esto viene a cuento de la susodicha Ángeles González-Sinde, sobre la que recaen todas las sospechas. Pero así son las gentes del cine, que conozco bien porque nací en el medio, hasta que me salí, y así somos lo del jazz. Lo de la música es curioso: en el mismo caso, alguien como Alberto Ruíz Gallardón, sobrino-nieto de Albéniz, no sólo no ha beneficiado a los que, con su nombramiento, se frotaban las manos viendo abrirse un futuro plagado de auditorios por inaugurar sino que ha hecho todo lo posible por hundir lo poco bueno que sobrevivía cuando su advenimiento en cuanto a música, no digamos el jazz (recuérdense los cierres de Bogui, Colonial, etc). Será por eso que en esta ciudad olvidada por la historia y los miembros del Comité Olímpico Internacional, hay ahora más jazzistas y mejores que nunca, a los que apenas se conoce. Gente bregada en luchar contra los elementos. Ellos son la mejor prueba de hasta dónde puede llegar la voluntad del ser humano; prívesele al creador de su sustento, y le dará una obra maestra. No es casualidad que el mejor cine del mundo, las mejores novelas y la mejor música, se han realizado/escrito/compuesto “contra” la ausencia de dinero, la censura, y el criterio de los “media” en su afán por elevar a los altares el menor asomo de mediocridad en perjuicio del artista genuino. Del Acorazado Potemkin a La familia de Pascual Duarte o El Pájaro de Fuego. Los ejemplos, sobran. Dénsele, pues, al cinematógrafo las subvenciones habidas y por haber; las que se solicitan desde el sector, y alguna otra, que seguro habrá, en la confianza de que las películas van a ser una mierda (lo que tampoco es novedad). Mientras tanto, nosotros, aficionados a la cosa sincopada, nos vamos a poner las botas escuchando jazz como nunca. Jazz “made in Spain” cocinado a fuego lento contra la desidia de los unos, y el desinterés de la mayoría. Jazz pobre y sin subvenciones. Si es que estamos como queremos. © Cuadernos de Jazz, 2009
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