Madrid, ciudad de nadie Imprimir Correo electrónico

Por Chema García Martínez
Me tienen escribiendo sobre Madrid sólo porque vivo aquí, y qué culpa tengo yo. Ciudad de porteros y mesoneros, y claro, pero eso no es nuevo. Está por ver que Madrid haya sido alguna vez de los madrileños.

 
Será porque, madrileños, no ha habido hasta hace dos días y los que vivían en la Villa y Corte tenían su corazón en Extremadura, por ejemplo, de donde habían marchado con lo puesto. Hoy, la Capital es del Capital, y del payaso McDonald, y de las obras con las que se pretende vestir al santo que, por cierto, era de campo. Al final, la Villa y Corte son cuatro millones y pico de almas poniéndose en marcha por la mañana al impulso de quienes son dueños y señores de sus calles y haciendas: los porteros y los mesoneros, integrantes del llamado sector terciario que, en esta ciudad, funciona donde todo lo demás se cae bajo el peso de su propia inanidad.

Madrid, ciudad de nadie, tiene la tradición de sobrevivir a quienes la gobiernan: Franco, Gallardón, Esperanza Aguirre; y de aquellos lodos, estos Daoíz y Velarde, y el Cojo Manteca, y los alegres muchachos de la Movida, y si no nos hacen caso, montamos la de dios es cristo para que el Colegio Mayor San Juan Evangelista no se cierre. Nada que   valga la pena en esta ciudad ha sido obra de los de arriba. Nada se ha conseguido que no hayan hecho los naturales por su propia iniciativa y con sus propios medios.

En esta ciudad, al desinterés y la codicia se le llama liberalismo. Y como son liberales, dejan hacer y no hacen y si uno quiere escuchar jazz,  se monta su propio sitio o lo lleva crudo. De ahí que en Madrid haya clubes de jazz y jam sessions para aburrir. Sólo en la calle de Huertas, en pleno pulmón lúdico de la ciudad, existen tres locales con jazz, dos con música en directo y otro enlatada.

Uno recuerda los tiempos no tan lejanos en que no había donde escuchar jazz en la Villa y Corte y eran los propios músicos quienes gestionaban su oferta de conciertos en contra de la autoridad competente. Sin experiencia ni la posibilidad de cursar estudios en ningún lugar, el voluntarismo de los jazzistas de entonces suplía las carencias técnicas que a nadie importaban demasiado. Bastaba con que estuvieran ahí. Sus sucesores dan vueltas al circuito de clubes y jam sessions sin otra alternativa que regresar al punto de partida una vez y otra. Casi siempre son los mismos. Unos están ahí porque quieren, otros porque no tienen más remedio, casi ninguno se plantea otra cosa que no sea sobrevivir a la que se nos viene encima y, virgencita, que me quede como estoy.

Se da, entre ellos, algún caso curioso. El de Tian, ciudadano alemán, saxofonista y compositor, dotado en lo técnico como sólo puede estarlo quien lo ha tenido todo a su disposición desde el parvulario. El corazón de jazzista de Tian está ocupado por cuanto ha podido escuchar a Jorge Pardo, Chano Domínguez y Paquito D´Rivera. El alemán, asiduo visitante de los locales de Huertas, recrea la música de los susodichos con fidelidad cien por cien alemana. Algo que, para los recreados, resulta incomprensible y, acaso, halagador. Tian no es ni más ni menos dócil/inofensivo que cualquiera de los miembros de su quinta. Pertenece a una generación atenazada por el miedo e incapaz de entregarse a ninguna causa que no sea la que se comprende entre las cinco líneas del pentagrama. Ante la posibilidad del fracaso, se contentan con pasar por la vida de puntillas, estableciendo relaciones de baja intensidad que a nada comprometen. La palabra “sumisión” se hizo para ellos.

Uno hubiera querido haberles visto enfrentados a la ira bíblica de los Grandes Maestros de la Historia, Buddy Rich, Miles Davis o Art Blakey, a quien puede escucharse en uno de sus discos aleccionando a un discípulo al grito de “equivócate, pero !equivócate FUERTE!”. Baste el dato: con los mismos años, Jorge (Pardo) tocaba mucho peor que Tian. O, dicho de otro modo, metía el cuezo. Se equivocaba. Sin embargo, el madrileño tuvo los mejores maestros; de Jean-Luc Valet a Dave Thomas pasando por Tete Montoliu. Por ellos averiguó que “el jazz no se toca, se vive” (Steve Lacy dixit). Y Pardo, de más está decirlo, ha vivido, y lo sigue haciendo. A tope.

Por mi parte, lo tengo claro. El día en que el jazz termine por ser sólo una música me iré por donde vine.

© Cuadernos de Jazz, 2009