| Que hablen de mí, aunque sea bien |
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Por Leo Sánchez
La evolución del caso puede seguirse al detalle en el blog de Chema García Martínez. En cuanto a la cuestión de las etiquetas musicales, véase mi opinión Jazz o no jazz. En estas líneas sólo me referiré al hecho de que la reclamación de un cliente insatisfecho del V Jazz Sigüenza haya llegado a la prensa nacional -levantando al parecer extrañas diatribas periodísticas- para pasar inmediatamente a The Guardian de Londres y de ahí al New York Times. Gracias a una figura para nosotros anónima, que sin duda ha adquirido para el futuro tintes legendarios, la existencia no sólo del festival sino también de la propia Sigüenza ha llegado a conocimiento de miles de personas fuera de España. La Concejala de Cultura de la Ciudad del Doncel, Paloma García Atance, ha emitido una nota de prensa defendiendo la programación del festival de cualquier suspicacia que haya podido surgir en la opinión pública; sin embargo, un gesto tan correcto y necesario no quita un ápice de repercusión a una campaña publicitaria de ensueño: rápida, barata y sin responsabilidades. Seguramente la postura oficial sea la de “no deseamos esa clase de publicidad”, pero en estos casos conviene recordar otra frase, ésta atribuida a la no menos grande Katharine Hepburn: “no me importa lo que digan de mí mientras no sea cierto”.En España va siendo raro el excelentísimo ayuntamiento que no tenga un Festival Internacional de Algo, gracias al mecenazgo desinteresado del fulano colectivo. En el caso del jazz, los mismos artistas en gira suelen pasar de una localidad a otra, por lo que cada festival puede ejercer sólo un atractivo local. En honor a la verdad, diremos que la fecha de Sigüenza era la única de Larry Ochs en España, pero aún así la concurrencia de esa noche no llegó a competir con la que tienen las actuaciones de fin de semana de algunos bares madrileños, de ésas que se pagan a 300 euros. Es decir, el caché de Ochs y su banda, inicialmente invertido para el deleite de 200 personas (cifra extraída de la nota de prensa citada), acabó rindiendo mucho más. El listón ha quedado muy alto, pero si yo organizara un festival de jazz en mi pueblo rezaría por que aparecieran los geos, o por que la Liga para la Erradicación de la Síncopa bloqueara la entrada exhibiendo pancartas de “abajo el charlestón”. A ser posible, las dos cosas. Y es que la anécdota “surrealista”, “esperpéntica” o “berlanguiana” nos llama la atención, mientras que no llegamos a conocer hechos recurrentes como el de que una masa ebria acorrale en la casa consistorial a una orquesta de baile por dejar de tocar a las seis de la mañana de un verano. Somos así, y si no lo cambiamos será mejor aprovecharlo. © Cuadernos de Jazz, 2009
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