Una silla para el blues Imprimir Correo electrónico

Por Enrique Turpin
En una época en la que la excusa para reunir algunos ensayos dispersos residía simplemente en que éstos aludiesen a cosas de hoy, sin más, un jovencísimo Guillermo Díaz-Plaja dejaba caer en El arte de quedarse solo (El arte de quedarse solo y otros ensayos, Editorial Juventud, Barcelona, 1936) que “la soledad deja en carne viva nuestros sentidos; la misma causa de nuestro dolor es un motivo de consuelo; precisamente porque nos hace compañía”.

 
Escasos años más tarde le daba la razón Billie Holiday mientras cantaba “I sit in my chair / and filled with despair / No one could be so sad / with gloom everywhere / I sit and I stare / I know I soon go mad”. Corría el año 1941 y la orquesta de Eddie Heywood ponía el telón de fondo a la voz encenegada en ponzoña melancólica, en bilis negra, que se habría de tornar sangre vital una vez se le dieran alas al blues salutífero. Debo confesar que en mis años de mocedad no acababa de entender lo que Billie Holiday quería decir cuando hablaba de que el blues le resultaba sanador, que cantando blues se sentía mejor. ¿Cómo podía alguien sentirse bien retorciéndose en sus despojos, dejando aflorar ese veneno ingrato que no sabemos cuándo nos dará un respiro? El tiempo, que tiene por costumbre iluminar al menos pintado, le dio la razón a la cantante y obró el milagro de que por fin aprehendiera algo sobre el asunto quien esto escribe.

 

Lo que ya resulta una aventura más compleja -alejada del puro sentir- es eso del “arte de quedarse solo”: no tanto el que la constatación de nuestro dolor sea el motivo mismo de nuestro consuelo, sino el hecho de la renuncia voluntaria a la compañía. En el arte de quedarse solo se fragua toda una poética de algunos de los momentos que vertebran nuestra existencia, pues es en la soledad buscada cuando sentimos el peso del mundo, los lazos con nuestros semejantes y la dádiva en forma de perspectiva que puede llegar a mostrarnos algo de nuestra propia sustancia. Y cuesta, bien se sabe, decir no; negarse a la compañía. Muchos años después, los Black Sabbath cantaban “The world is a lonely place -you’re on your own / Guess I will go home-sit down and moan / Crying and thinking is all that I do / Memories I have remind me of you.” También ellos sabían que en el anhelo de soledad, cuando corre el tiempo en que se enseñorea en nosotros el dolor más lacerante, hay gestos simples que todo lo curan desde la extrema locura.

 
Y ya se sabe que un loco -ese cuerdo solitario- no necesita más compañía que una habitación vacía, o tal vez una silla primitiva en la que sentarse a notar el peso del mundo (“I sit in my chair…”). Acaso en el fingimiento de esa locura resida el arte de quedarse solo, pues sólo desde el vacío cabe lo completivo. El urbanista José María Ezquiaga con esa frase lapidaria referida a las posibles intervenciones arquitectónicas alrededor de la Alhambra: “el vacío es a veces el valor supremo”. Vacío que muestra, vacío que sana, un blues, una silla. Y tiempo.
© Cuadernos de Jazz, 2010