| La soledad del músico |
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Por Chema García Martínez El jazz es la música que se escucha cuando entras en Armani, dice Manfred Eicher en la entrevista que le hice y vino a publicarse recientemente en el periódico en el cual colaboro. Y, sí, salvo que uno difícilmente va a encontrarse con ningún músico de jazz rebuscando entre las vitrinas del establecimiento, como que tampoco había más jazzista en el Cotton Club de los roaring twenties que el que pudiera estar sobre el escenario, y no sólo por la política del local de no admitir a clientes de color, como porque no había quien, entre los del gremio, pudiera permitírselo.
No he conocido a muchos músicos millonarios, sí a muchos que andan rebañando las migajas de las migajas del Sistema. Pero así es la cosa. Se habla de la difícil supervivencia de la música en la era de Internet y la globalización, cuando debería hablarse de la del músico. Dígase de una vez: el músico en la era de Internet y bla bla pasa hambre. Puedo dar nombres. Y quien dice músico, dice periodista, cineasta o escritor, profesiones todas ellas en trance de renovarse o morir, más presumiblemente lo último. Los hechos con incuestionables. El tránsito del soporte físico (disco, película, periódico o libro) al etéreo ha privado a quienes se ocupan de nutrir contenidos de su sustento básico, y es la SGAE defendiendo al autor-compositor que no tiene quien le publique con métodos discutibles, no así sus objetivos, como debiera ser el caso del gacetillero, un servidor, que ni tenemos SGAE ni perrito que nos ladre, y a nada me tienen pidiendo en el Metro, pero más triste es robar. En cuanto que víctima de este status quo, aduzco modestamente mi derecho a sobrevivir frente a quienes arrostran el suyo a circular por el territorio del “everything for free” con la misma firmeza de ánimo que el Caballero sin Espada empleaba ante los congresistas en la película de Capra; y si la cosa es acotar los verdes prados por donde pacen los unos a costa del sudor de los otros, hágase de una puta vez (perdón, se me escapó). La cosa, que a los internautas en armas se les llena la boca de prerrogativas amparadas en tal o cuál norma o reglamento, por donde el pagano que ha ido a escuchar jazz o llamo a la Guardia Civil, o el internauta que no le da la gana renunciar a su presunto derecho a bajarse la discografía completa de Coltrane por la cara. Pues no lo entiendo. No seré yo quien entre a juzgar qué es más importante, si el derecho de los unos a bajarse contenidos sin dar cuentas al rey, o la voluntad de los creadores de no morir de inanición, a ser posible, y sin ánimo de molestar. Ahora, el gobierno anuncia que va a meter mano a los defraudadores, y la consecuencia ha sido que los internautas han puesto el grito en el cielo, todos a una, Fuenteovejuna; algunos han sacado la escopeta del armario y se disponen a asaltar el palacio de invierno, que no es la primera vez que lo hacen. La novedad frente a anteriores refriegas que lo cambiaron todo para dejarlo todo igual consiste en el proyecto de ley -la conocida como Ley Antidescargas- que otorga a la Administración, a través del organismo que competa, la potestad de proceder al cierre de la página infractora previa denuncia de los titulares de los derechos, y con el permiso de la autoridad judicial igualmente competente. Lo que, en Román Paladino, significa trasladar la iniciativa de un despacho a otro, que no sé yo, pero por algo no terminé la carrera. Menuda, la que están armando los cruzados “Anti Ley Antidescargas”. Y lo que dicen. “Una forma velada de censurar contenidos”, gritan los unos; “un atentado a los derechos fundamentales”, los otros. Y, en medio del todo este fregado, el músico, que no grita nada y se limita a pasar hambre. Uno no puede sino recelar ante semejante apelación a una libertad de expresión que lo ampara todo y deja la absoluta responsabilidad en manos del “consumidor”, antes “ciudadano”. Y le vuelve a la memoria los escritos de Pier Paolo Pasolini, cuando identificaba cultura de masas con fascismo. Medio siglo más tarde, la opinión pública se halla sometida a la tiranía del consumidor, que es refinado producto del neocomismo que no se destruye, sino que se transforma. Ironías de un capitalismo triunfante que arrasa tierras y consciencias y ha convertido a la Red de Redes -la voz de los sin voz- en el brazo armado de sí mismo -la voz del Poder-. Confieso que me cuesta entender semejante insistencia en machacar al eslabón más débil de la cadena dejando para luego a quienes de verdad nos tienen de mierda hasta el cuello, banqueros, empresarios, munícipes o controladores aéreos. Sin embargo, no veo a nadie reclamando el derecho inalienable a una sanidad universal y gratuita; o yendo al supermercado y negándose a pagar las latas de foie gras porque alimentarse es un derecho sancionado por la Constitución. Yo, por lo pronto, pienso hablar con mi dentista: la próxima factura, se la va a pagar su padre. Que si hay que organizar otro mayodelsesentayocho, mejor se lo piensen dónde van a montar la primera barricada. © Cuadernos de Jazz, 2010
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