| Una de piratas |
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Por José F. Troyano No discuto que las estadísticas confirmen científicamente (como gusta subrayar a quienes obran con dudoso rigor científico) el perjuicio que para las ventas supone un rosario de prácticas ilegales que proveen a muchos consumidores de música gratis. No obstante, me parece que la mala racha de la industria discográfica también se debe a otras causas, que la piratería bien oculta bien sirve de excusa.Me visita un amigo, no aficionado al jazz, y me pregunta reflexivamente sobre la edición de elepés de jazz y su distribución en los quioscos. La cuestión, en resumidas cuentas es a quiénes va dirigida esta edición, ¿a los amantes del vinilo, a los amantes del jazz pero no del vinilo, o a un público más amplio? Si fuese posible una estadística que categorizara según los anteriores criterios a los compradores de esta edición, creo que nos aclararía algunas cosas acerca del descenso de venta de música. Pero no la tenemos, un inconveniente para la certeza y una libertad para la especulación. De las varias personas que sé que han comprado la edición del quiosco de Kind of Blue y piensan hacerlos con todas o varias de las anunciadas para más adelante, todas excepto una tenían ya el disco en vinilo. (Una de ellas tenía cinco ediciones en vinilo y con ésta ya tiene seis.) Así pues, la ganancia de nuevos consumidores es poca, pero se sobreexplota a los disponibles. Pero lo que más se presta a la fantasía de dar sentido comercial a este lanzamiento es la forma de promocionarlo: un señor (la escasez de mujeres en el jazz es enervante) se reencuentra en la intimidad y la comodidad del hogar con un perdido placer de calidad. Un retorno al pasado que observo en más de un mercado y en otros ámbitos y para el que sugiero la expresión retromodernización. A los promotores de la idea no se les ha ocurrido sacar en vinilo los mejores lanzamientos de la última década, sino los clásicos. Porque el jazz del pasado fue mucho mejor, el mejor tiempo de esta música es pasado. Sin menospreciar el efecto de la piratería, creo que ésta es una importante causa del descenso de las ventas musicales: la falta de atractivos de la oferta actual. En desigual medida y de desigual forma, somos mayoría quienes pirateamos. Hacerlo favorece el consumo y produce algunas sorpresas, como cuando descubrimos que algunas copias de cedés suenan mejor que el original. De modo que el pirateo (dejemos la piratería para los auténticos piratas; sean quienes sean, no son los ávidos consumidores de la industria discográfica o cinematográfica) no sólo es un alivio para el bolsillo sino también una mejora para la escucha (en algunos casos). Aun así, cuando un disco nos gusta suficientemente, sea Kind of Blue, A Love Supreme o Hot Rats lo compramos en un formato que defina su singularidad (su excepcionalidad, en algunos casos) y sea lo más perdurable y atractivo posible. Queremos verlo, tocarlo, celebrar la íntima ceremonia de ponerlo y disfrutarlo, sentirlo como valor duradero. Placeres de los que en provecho del usar, tirar y pagar nos han querido privar quienes ahora protestan por el pirateo. Creo, pues, que estas prácticas ilegales de los consumidores son efecto de la saturación de un mercado sin mercancías de suficiente interés para ser adquiridas al precio de venta, que sólo merecen conseguirse por los rápidos, fáciles y económicos procedimientos de la descarga o la copia, para usar hoy y desechar mañana. © Cuadernos de Jazz, 2010
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No discuto que las estadísticas confirmen científicamente (como gusta subrayar a quienes obran con dudoso rigor científico) el perjuicio que para las ventas supone un rosario de prácticas ilegales que proveen a muchos consumidores de música gratis. No obstante, me parece que la mala racha de la industria discográfica también se debe a otras causas, que la piratería bien oculta bien sirve de excusa.