La música desnutrida Imprimir Correo electrónico

Por Yahvé M. de la Cavada

En este país, tan dado a empezar la casa por el tejado, cada día es más evidente que los cimientos de la vida musical no tienen ninguna consistencia. Si hablamos de jazz, en teoría se escucha cada vez más música, los festivales florecen como champiñones y las escuelas están a pleno rendimiento, con lo que cada vez hay más músicos jóvenes deseando llenar escenarios. Pero ¿qué escenarios?

 

La situación de la música en directo en España es lamentable, le pese a quien le pese. Mucho macro-festival de rock y mucho festival de jazz con figuras internacionales, pero nuestros músicos aún se las ven y se las desean para tocar regularmente en directo.  La base de cualquier escena musical sólida son los pequeños locales, los clubes y los bares que programan música, y de estos hay más bien pocos.

En  muchos países vecinos (y no tan vecinos), la música en vivo está a la orden del día. Si un restaurante o bar ofrece actuaciones musicales, éstas suponen una cierta categoría, un añadido al atractivo del local, algo que le hace destacar por encima de otros. El público lo valora positivamente y está acostumbrado a disfrutar de espectáculos y conciertos con toda naturalidad.

En España parece, sin embargo, que a veces la música en directo puede ser un auténtico veneno para la clientela. No es inusual ver a un grupo de personas entrar en un local y darse la vuelta al encontrarse de frente con una actuación musical, huyendo despavoridos en busca de bares con música enlatada. Esa actitud paleta, ignorante y provinciana es muy habitual, de ahí que muchos locales que programan música de vez en cuando lo hagan en viernes, jueves e incluso miércoles, porque los sábados suelen ser “días de gente”.

Es muy triste, pero más triste aún es el hecho de que no estoy exagerando. Sólo unas pocas decenas de locales subsisten en España programando música con regularidad y, por fortuna, algunos de ellos son clubes de jazz. Y no crean que aquí, que tanto se nos llena la boca con la palabra cultura, hay apoyo gubernamental a estos oasis musicales; aquí sólo se subvenciona lo que se subvenciona, y ya sabemos por dónde pasa eso.

No sólo no se premia a quienes apuestan por la música en directo sino que desde muchos ayuntamientos se torpedea y se ponen trabas a los pocos locales que buscan programar conciertos. El empresario apuesta por la música y paga de su bolsillo a los músicos, la mayor parte de ellos locales, sin ninguna seguridad de obtener beneficio alguno. Esos músicos locales son los mismos a los que el ayuntamiento de su ciudad no siempre contrata para tocar en eventos municipales, a pesar de que su obligación debería ser programarles precisamente a ellos. Y ya hablaremos en otra ocasión de los festivales, normalmente subvencionados, en los que los programadores arriesgan aún menos.

Nunca tendremos una escena real hasta que la música en directo sea parte importante del ocio de nuestro país, y no sólo de la cultura. Cuando uno de cada seis u ocho bares ofrezcan conciertos, el público empezará a verlos con la naturalidad de nuestros vecinos, y los músicos españoles tocarán tan habitualmente como sus colegas de otros países. Entonces jugaremos todos en la misma liga.

Así que quizá haya que subvencionar más iniciativa privada y menos concierto pachanguero en fiestas populares, aunque sólo sea para que parte del público vea que la música en directo es mucho más que lo que habitualmente se le ofrece.
 
© Cuadernos de Jazz, 2010
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