Paraísos perdidos Imprimir Correo electrónico

Por José F. Troyano
Vivimos rodeados de objetos que hacen nuestra vida más confortable (algunos electrodomésticos, especialmente), otros que parecen a muchos un perjuicio más que un beneficio (el teléfono móvil, por ejemplo), otros que no pueden cuestionarse, cualquiera que sea su balance (el coche o el PC), de organismos que nos hacen compañía, los animales domésticos, de seres con los que cruzamos emociones, y completando el paisaje de nuestra felicidad (o desgracia) están nuestras colecciones, entre ellas, los libros y los discos.

 

A nuestros cuadros, libros, discos, etcétera, les hemos transmitido algo de nuestra naturaleza, pero no son un híbrido entre la nevera y la pareja, son una especie distinta. Nunca nos llevan la contraria, se expresan sólo cuando les damos permiso, son complacientes y obedientes y tienen su propia historia dentro de la nuestra.

Durante años, escribí con lápiz en el interior de la carátula de cada disco la fecha de su adquisición. Si no de todos, de la gran mayoría sé dónde los compré, en qué tienda, en qué ciudad, con ocasión de qué viaje. Cada disco tenía su historia integrada en mi biografía y cuando repasaba mi colección lo hacía con mi propia vida. La apertura de nuestra intimidad a la aldea global (o la invasión de nuestra intimidad por la aldea global) ha acabado con este ritual de integración de lo inorgánico (el disco) en lo orgánico (mi bienestar físico y psíquico). Durante los últimos diez o doce años he comprado discos en todo el mundo, desde Japón hasta California, a través de la red informática, a personas y comercios anónimos. Esperaba emocionado, después de la compra, que llegasen a casa, y sentía una emoción especial cuando el paquete estaba entre mis manos, dispuestas para abrirlo y disfrutar la emoción de hacerlo mío. No había sentido nada parecido desde que de pequeño esperaba cada semana la llegada al kiosco de mis héroes de papel y tinta, que me harían feliz durante los días siguientes.

Desde hace algún tiempo se ha enfriado este emocionante proceso de buscar, pujar o comprar, esperar y dar la bienvenida al disco deseado durante años, y creo saber porqué. Me emocionaba con mis compras porque las había deseado durante meses o años y porque había un período de espera hasta la posesión efectiva. La satisfacción diferida hace más controlado el acto consumista. Pero si el consumo es compulsivo, la satisfacción debe ser inmediata. La desaparición del soporte facilita esta otra forma menos controlada de consumo y produce un conflicto entre ritualismo y consumismo. Según he oído decir, la sensación de saciedad se produce una media hora después de la comida, por eso para no engordar la primera recomendación es comer despacio, para dar tiempo a que lo que comes te satisfaga. Quizás con el consumo ocurra algo parecido.

Algo ejemplar les ocurre a los amantes de la música que tienen música bajada de la red en cantidad que nunca podrán oír. Estas prácticas, llevadas por algunos al extremo, no permiten disfrutar de la música. Se ha sustituido el fetichismo de la mercancía, por un placer de adquirir y acumular que sólo la eternidad nos daría tiempo para disfrutar (si no fuese porque la disposición de todo ese tiempo haría imposible cualquier disfrute, salvo la contemplación extasiada de la divinidad). Lo que no crece mengua, dice la fórmula racional, pero dudo que la acumulación indefinida sea racional. Llegado un momento de saturación, nuestra colección no es para nuestro disfrute, es más la forma de integrarnos como máquinas frustradas en este loco mundo.
© Cuadernos de Jazz, 2010