Randy Weston en tres tiempos Imprimir Correo electrónico

Tres meses, tres continentes y un solo “Blue Moses” verdadero. Randy Weston aprovechó el pasado 2008 para sacar de paseo sus African Rhythms por tierras de Euskadi, Argentina y Marruecos y uno estuvo allí para contarlo. Bilbao, Buenos Aires, Fez, tres etapas de un periplo vital apasionante y apasionado.


Bilbao
Por mucho que lo intente, Randy Weston no pasa inadvertido. Sus 2,06 metros de antiguo jugador de baloncesto le hacen sobresalir por entre las hordas de japoneses que dan vueltas en torno al popular Puppy, el perro gigante de Jeff Koons, símbolo del nuevo Bilbao. Randy ha querido dejarse ver por el objetivo del fotógrafo en el epicentro de la modernidad vascuence. "Me siento como si fuera Naomi Campbell… salvando las distancias". El pianista y compositor está en la capital vizcaína para inaugurar la nueva oferta de ocio cultural 365 Jazz Bilbao, organizada por la Fundación Bilbao 700-III Milenium.
 
La ciudad celebra su Semana Grande y quienes moran en ella, y quienes la visitan, recorren las aceras tocados con el indispensable pañuelo azul celeste al cuello. Mientras tanto, el pianista está reunido con su equipo rítmico habitual -Alex Blake, contrabajo; y Neil Clarke, percusiones- en el escenario irreal del Kafe Antzokia. El mismo trío que hemos podido escuchar en otras ocasiones interpretando las mismas tonadas que, por alguna razón, nunca suenan del mismo modo, pero así es Randy; así son los grandes del jazz. Terminan los músicos, comienza el baile. Arranca una noche que fue, para algunos, la más larga del verano…
 

Buenos Aires
El primer Festival de Jazz de Buenos Aires de la historia amanece con Randy Weston, su sexteto y Billy Harper, músico con un particular sentido del tempo y un decir también particular, que resulta ser muy apreciado por estos lares, por algo será. Esta noche, el octogenario pianista se enfrenta a una audiencia hambrienta de jazz. Es la primera vez que visita la capital del Hemisferio Sur y, como el futbolista ante su debut,  tiene "ganas de agradar".  Y fue así que sonaron las versiones no muy ajustadas a la norma pero extraordinariamente vigorosas de African Sunrise, Berkshire Blues, African Cookbook, Blue Moses y demás lindezas del repertorio westoniano, todas las cuales resultaron del gusto del respetable, como no podía ser menos.

 

Finalizado el concierto, el Buenos Aires jazzístico se dio cita en el foyer del recinto para aclamar a los artistas. A duras penas, Randy & co. fueron capaces de abrirse paso por entre la multitud hasta la furgoneta que habría de llevarles de vuelta al hotel.

 

Volveríamos a escuchar al autor de Blue Moses al día siguiente, en la sala Casacuberta del Teatro San Martín, emblemático hemiciclo de la avenida Corrientes por cuyo escenario han pasado muchos de quienes alimentan nuestros sueños de aficionados al jazz. Weston a solas con su piano. Para la ocasión, el de Brooklyn compuso un vibrante recital autobiográfico escrito en primera persona del singular. De Fats Waller a Dizzy Gillespie, Monk y Ellington y Hi-Fly y Little Niles, así, hasta Ruby My Dear, con el que se despidió. Un puro gozo.

 

Fèz
Randy Weston en el viaje que Thelonious Monk nunca efectuó. Ni él, ni Art Tatum, ni Fats Waller, ni... el viaje de regreso a la tierra que les vio renacer a todos ellos espiritualmente. Destino: África. Y era Randy abriendo el tercer Festival de Jazz de Fès y es el Riad Mnehbi, un sueño de las Mil y Unas Noches en las entrañas de la abigarrada medina fasí.

 Randy con el mismo sexteto que vengo de escuchar en Buenos Aires, sin Billy Harper, cerrando el círculo que otros abrieron hace mucho tiempo. Tiempo para que "Blue Moses" vuelva a su punto de origen y habite entre nosotros, entre estas cuatro paredes, donde permanecerá aún después de que su autor haya regresado a Nueva York, o a París, para participar en el homenaje a Miriam Makeba. Incluso entonces.

 Tras el concierto, el fornido octogenario recibió a los que acudieron a las espaldas del improvisado escenario a presentarle sus respetos en el que era, seguramente, el backstage más hermoso del mundo.El suyo es un amor correspondido. Randy ama esta tierra y quienes la habitan, le aman a él.

 La tarde siguiente, nuestro hombre tuvo a bien recibir a su prole espiritual en un recodo del hotel donde se hallaba alojado. Recostado sobre el duro suelo en toda la extensión de sus 2,06, el pianista ejerció de maestro de ceremonias, acompañado por sus acólitos Maâlem Abdellah El Gourd, Talib Kibwe, Neil Clarke y por quienes, ubicados de cualquier modo en el corto espacio disponible, pudimos disfrutar de una inolvidable velada musical, y no solo musical. Inshalá.

Texto: Chema García Martínez
© Cuadernos de Jazz, 2009