| El asedio de los discos de imitación |
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Por Yahvé M. de la Cavada
Que la venta de discos está muy mal es algo que ya se ha dicho en numerosas ocasiones. Se ha hablado de la muerte del CD e incluso de la de todos los formatos físicos, pero hoy, en 2010, todavía se mueve dinero con ese negocio. Las discográficas, las editoras, las distribuidoras y las gestoras de derechos siguen manejando los hilos para tener su trozo del pastel, dejando bastante desprotegidas a las (poquísimas) tiendas independientes que quedan, que son, al fin y al cabo, las que más dan la cara. En definitiva, la mayor parte del negocio de la música está en manos de, no digamos ladrones o desalmados, digamos más bien “empresas con métodos cuestionables”. Además, desde hace unos años hay sellos que se aprovechan de las circunstancias para unirse a grandes almacenes que, teniendo la osadía de erigirse como paradigma de la comercialización del ocio y la cultura, generan campañas enfocadas a vender una serie concreta de títulos. En cuanto al jazz, el problema es que esas campañas son engañosas e irrespetuosas con la historia y llevan al aficionado a un territorio en el que la confusión es inevitable. Esto ocurre porque la legalidad dispone que, una vez los derechos de una obra fonográfica ha caducado, puede venir cualquier "desgarramantas" con una grabadora de cedés y el contacto de una editora para crear su propio sello jazzístico. Cuando el año pasado conmemoramos el aniversario de tantas y tantas obras maestras del jazz, pocos caímos en que éstas cumplían 50 años, el tiempo necesario para liberar sus derechos. Así que de repente, las tiendas se han visto inundadas de material de Prestige, Columbia, Blue Note, Verve, etc, publicado por otros sellos, en la mayor parte de casos con el CD original como único máster, e incluso con portadas y liner notes diferentes. Entiendo que hay una buena parte de aficionados a los que sólo interesa la música, lo que es perfecto. Entiendo también que hay una buena cantidad de discos inconseguibles que han vuelto así a las estanterías de las tiendas y a las posibilidades de adquisición del público. Entiendo que un disco no original, pero razonablemente bien editado, a 8`95 euros es más apetitoso para el bolsillo que un original a 10, 12, 15 euros o lo que sea. Lo que ocurre es que, en muchos casos, la diferencia de precio entre una versión original y una imitación no es amplia, por no decir que es inexistente. Lo que si acusa una diferencia es el acuerdo económico que hace que determinados grandes almacenes potencien de forma extrema toda una “colección” de obras editadas aprovechando la liberación de derechos. En teoría no hay problema, técnicamente es legal y el audio es el oficial, con lo que el aficionado, simplemente, compra “otra” versión del disco. Los problemas empiezan con la mezcla aleatoria y estúpida de grabaciones de diferente procedencia, con el único motivo de rellenar un CD al máximo de su capacidad, y terminan con lo más peligroso de estas maniobras: que si las versiones no oficiales desplazan a las de Blue Note, Impulse!, etc, la confusión generada entre los futuros aficionados puede ser terrible. No me considero un purista, pero no me gusta que me engañen. No me gusta que me vendan como oficial algo que no lo es y no me gusta que alteren obras maestras con intenciones meramente comerciales. Porque, a esta gente que edita y vende música desde el pedestal que tienen en el mercado no les importa nada el jazz, ni el respeto por la historia o por los clásicos. Les interesa mucho la pasta. Y si en el camino se encuentran que tienen que cambiar la portada de un disco histórico o alterar su contenido, tengan por seguro que no van a pestañear haciéndolo. Así que, a partir de ahora, como en el supermercado: miren la etiqueta y procedencia de lo que compran, porque pueden estar adquiriendo productos de imitación.
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