45 Heineken Jazzaldia Imprimir Correo electrónico
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San Sebastián, 21 al 25 de julio de 2010
Dice la tonada que Sevilla tiene un color especial, pero es sin duda San Sebastián la que por fechas estivales se convierte en la ciudad de los sabores particulares: sabor a mar, sabor a aguas confluyentes, sabor a mezcolanza humana, sabor a jazz, que también es una forma de decir sabor a lo inesperado.

 

Día 21
Chema García cerraba una de sus crónicas del festival reproduciendo unas elocuentes palabras de Wadada Leo Smith: “El jazz es como la democracia. Capaz de lo más hermoso y lo más diabólico al mismo tiempo. Nunca sabes lo que puedes esperar de él.” De Donostia podría decirse lo mismo, con la salvedad de que puedes esperar cualquier cosa excepto que te defraude (incluso con el tiempo desapacible que ha reinado -aunque no gobernado- el festival). La cosa no pintaba bien, culpa de un aguacero que nada tenía del sirimiri que a menudo ha visitado las jornadas del Jazzaldia, pero pronto se disiparon las dudas, que no las nubes, y pudieron reinar con el esplendor que gobierna los días de las grandes Patti Smith y Mari Boine: como antípodas, cada una a lo suyo, en geografías opuestas pero con un destino común, que no era otro que ofrecer la música que acompaña sus días. Por lo escuchado, parece que también eran melodías que muchos asistentes hace tiempo que habían adoptado para acompañar sus vidas. Algunas incluso servían como himnos generacionales, léase Gloria o Power to the People de la norteamericana.

Esa jornada todavía iba a tener algunas sorpresas más. La primera fue el encontronazo con el proyecto reversionador jazzrock de ELEW, nombre artístico de Eric Lewis, quien fuera pianista de Wynton Marsalis. Ya se sabe que Marsalis puede ejercer un influjo poderosísimo, pero hay que andar muy descarriado para imaginar que el descorazonamiento que se vivió frente al Kursaal fuera influjo del trompetista. De pie se pueden hacer muchas cosas, entre ellas tocar el piano, y también mear; pero lo que no es de recibo es tocar cuando se mea, porque luego pasa lo que pasa, que no se acierta y el espacio se vuelve un barrizal infecto. Aquello no pudieron arreglarlo ni el trío de Terje Rypdal con Miroslav Vitous y Gerald Cleaver ni los enchufados Supersilent, pero llegaron la pandilla de gamberros de conservatorio que son los japoneses Shibusa Shirazu Orchestra para hacer borrón y cuenta nueva. Lo suyo es free en el sentido más extenso del término. Una tribu que descabeza cuanto toca para imponer su personal orden mundial en esto de la música, la danza y la improvisación. Los precedentes más luminosos de tanto eclecticismo habría que buscarlos en los Parliament-Funkadelic de George Clinton. Por esos aledaños corren las bizarrías de esa treintena de músicos que arreglaron la noche gracias a la apuesta de la organización del festival por curiosidades transmundanas como la de los japoneses.

Día 22
La jornada siguiente tenía sobre el papel un par de puntos fuertes: el desembarco del sexteto de Arturo Sandoval en el Teatro Victoria Eugenia y la cita con maestros de ayer y hoy en las voces de Christian Scott y Ron Carter con su Striker Trio. El bajista ya sabía que le impondrían el galardón que anualmente el festival reserva a una leyenda del jazz, pero Carter siguió a lo suyo, desoyendo las consignas de guerra que le había lanzado minutos atrás el alumno aventajado Scott y haciendo de su repertorio clásico un oasis de serenidad y buen gusto. Para arrogancia bien llevada ya estuvo el trompetista de Nueva Orleáns (basta ya de decir ‘joven’, con diez años menos Lee Morgan ya había grabado Indeed! y Clifford Brown ya había fallecido sin poder llegar a la edad de Scott), que era apuesta segura para esta edición.